Cada cierto tiempo, creo que una o dos veces al mes, les aparecía de visita un pariente, sobrino o primo era, de nombre Julio, ciego, y que estaba internado en un asilo. Vestía un uniforme de cotín gris claro. De cara lampiña con poco pelo en la cabeza, y ése cortado a cepillo, tenía los ojos casi blancos y el aire d quien se masturbaba todos los días (lo pienso ahora, no en aquellos tiempos), pero lo que más me desagradaba de él era el olor que desprendía, un olor a rancio, a comida fía y triste, a ropa mal lavada, sensaciones que en mi memoria quedaría siempre asociadas a la ceguera y que probablemente se reprodujeron en el Ensayo.

José Saramago, en Las pequeñas memorias.

Después de leer este libro entendí tantas cosas.