Por segunda vez está semana llegué a casa temblando, totalmente empapada, con el pelo chorreando y los pantalones pegados a la piel, segunda vez en la semana que me agarra la lluvia sin paraguas. Llego a casa y lo primero que hago es correr a la ducha, despegarme lo más rápido posible toda la ropa helada y empapada y meterme en una ducha bien bien caliente que me devuelve la vida.

La ducha es uno de mis momentos preferidos del día: se lleva todo el estrés, la angustia, la ansiedad, la tristeza, el cansancio, la humedad que tengo pegada al cuerpo y me hace sentir incómoda. El agua que cae vuelve triviales las lágrimas cuando estoy muy triste y apaga el fuego que arde cuando me enojo. El jabón me acaricia y salgo toda limpia y perfumada, siendo yo otra vez.

Una versión tranquila y limpita de mí.