Me acuerdo tan bien, te entristeciste de golpe, a plena luz, íbamos camino de Mantua para ver los gigantes de Giulio Romano, y te sentí llorar en silencio, frené poco a poco, me acuerdo de cada instante y de cada cosa, había un grupo de casas rojas a la izquierda, frené porque quería mirarte la cara pero no era necesario, porque todo parecía tan sabido aunque jamás hubiéramos dicho una palabra, comprendí que llevábamos muchas semanas de un lento engaño que a nadie engañaba, y que de golpe no podías más y lo estabas confesando, que eras la malcontenta, la prisionera, y ya no me acuerdo si te dije algo pero sé que seguimos hasta Mantua y que nos encantaron la iglesia de Leo Battista Alberti y el Palazzo del Tè.
Nicole tiene siempre esos gestos, esa inesperada manera de alzar la cabeza y mirar en los ojos como quien aparta una rama de árbol, una tela de araña, buscando el paso.
-Pero yo no estoy prisionera, Mar. Tú no me tienes prisionera.
-Sí, a nuestra manera. Sin candados, claro. Besándonos de cuando en cuando, yendo al cine.
-No es culpa tuya, Mar. No debería dolerte tanto, ya no debería. Me cuidas, te quedas, los días pasan.
-Cincuenta y dos gnomos.
-Si soy la malcontenta no es por culpa tuya. Encontraste la palabra justa, pero no eres tú quien me encierra en esta inercia. Hay una sola cosa que no comprendo, y es que todavía estés conmigo, Mar.
-Sacher Masoch -le digo, acariciándole el pelo.
-Pero tú no eres así, Mar.
-La existencia precede a la esencia, querida.

Julio Cortázar, en 62/Modelo para armar