En la vida, tengo un problema: no sé expresarme bien. No encuentro las palabras para decir todo lo que tengo en el corazón y en la cabeza. Soy un discapacitado del verbo, un malhablante, podría decirse. A los que ven mal, se los perdona. Es una discapacidad reconocida, es como ser sordo o manco. Pero cuando uno es un inválido de la palabra, es una verdadera tara, un vicio, un defecto que se supone que uno adquirió como consecuencia de malos hábitos.
Hay personas que, cuando hablan, parecen estar leyendo. Forman frases de estilo, tipo Luis XV, llenas de doraduras. Pero si uno pudiera hurgar en su cabeza, se sentiría a veces decepcionado: sus palabras son un decorado que esconde a menudo cosas vulgares, pensamientos e intenciones que han pintado por encima para dar una buena impresión.
Conmigo sucede más bien al revés: el interior es tierno y suave, pero cuando quiero hacerlo salir, se vuelve áspero y tonto. Entonces, como el embalaje es engañoso, desconfían de mis palabras. Las toman con pinzas. O si no, las dejan en el borde de la conversación, sin abrirlas.

Christian Grenier, en La chica del 2ºB