Cuando tenía 12 años, todos estaban convencidos de que iba a estudiar Letras. Escribía mucho, sobretodo poesías en las que me lamentaba por penas de amores imaginarios. Mario llegó a mi vida así, a los 12 años, entre una agenda que citaba Táctica y Estrategia, y el Corazón Coraza que me regaló mamá. Por esa época devoraba a Neruda, Amado Nervo y, sobretodo, a Sor Juana Inés de la Cruz (hombres necios que acusáis a la mujer sin razón…).

Durante la adolescencia y mi joven adultez me desencanté de la poesía. Me parecía cursi – y a mí lo cursi no me gusta. Pero entonces lo vi, ahí, esperando la tregua… Mario me estaba llamando desde su prosa. Empecé el libro con escepticismo, pero lo terminé enamorada: había vuelto a mi vida.

La prosa de Benedetti tiene algo que resulta coloquial y hasta terriblemente familiar. Es cualquier cosa menos un español neutro, es el vecino de la esquina contándome su vida. Describe las emociones y las situaciones como cualquiera lo haría, dando la sensación de casi estar hablándome de frente, exclusivamente a mí.

Cuando me crucé con la borra del café decidí leerla sin dudarlo. Era Mario, llamándome otra vez, no me equivocaba: esto es amor.