Me mudé. Sí, finalmente pasó. De repente fueron muchos cambios y ahora tengo mi propio hogar, con mis reglas. Tengo un balcón que da a la calle, en el cual me da sombra un árbol pero por el cual entra mucha luz. Tengo una cocina que adoro, en el cual puse un desayunador que armé yo solita y en la cual está todo ordenado. El living está perfectamente ordenado y siempre huele rico, suavemente avainillado – todavía no está “terminado”, pero ya tiene casi todo lo que va a tener.
Y en mi cuarto… mi cuarto fue lo más grande. Cama nueva, escritorio nuevo-viejo, mesa de luz nueva-vieja y mañana llega la cajonera. Lo único que vino conmigo fue la biblioteca, el resto de los muebles que me acompañaron desde la infancia (la cómoda con su espejo de princesa y la mesa de luz haciendo juego, sobretodo) quedaron en “la casa vieja”. Pasé de una cama de una plaza a un mundo nuevo de plaza y media, a poder estirarme y hacer mucha fiaca, e incluso a tener espacio para estar agradablemente acompañada.
Esta plaza y media es como la clave: más espacio – pero mío – con todas sus responsabilidades: ahora que las cosas se hagan dependen de mí. Cocino, lavo, plancho, limpio. Ahora sí: soy ama de (mi) casa.