La noche empieza con una película perfecta: graciosa en la justa medida, romántica, mágica y ambientada en el París de los años 20. Tenía mucho de él, mucho de mí y eso hizo que fuera aún más especial para los dos. Le sigue una caminata bajo las luces de la avenida, bordeando el parque, hasta un lugar escondido en un pasaje perdido. Las únicas dos personas en el salón del restaurante, que a su vez es el salón de una casona.

La comida es por demás deliciosa, sentados frente a la chimenea mientras de fondo suena jazz suave. Entre plato y plato lo invito a bailar al ritmo de Sinatra, él y yo en el medio del salón como si no hubiera nada ni nadie más en el mundo. Nos reímos. Hablamos de ciencia, números, política, sociedad y reafirmo a cada instante la buena conversación que tenemos.

Después de la cena, volvemos caminando por la zona de las casas antiguas que soñamos tener algún día para nosotros. Así, bajo la llovizna de una Buenos Aires fría y llena de niebla, compartimos la intimidad de nuestros corazones. Le doy el beso de las buenas noches en la puerta de casa, esperando no despertarme nunca más de este sueño.