Si hay algo a lo que no me puedo acostumbrar es a despedirme de él. Es dejar ir una parte de mí. No importa cuanta veces nos digamos que no falta tanto para volver a vernos, a veces tan solo una tarde, no siento que se vuelva más fácil: cada vez que me despido es como si fuera la primera vez. Y cuando llego a mi cuarto todo me queda grande, la cama es enorme y me falta su calor. Me falta poder estirar mi mano y encontrarme con su piel. (lo peor de cuando no está es dormirme sin tener nada que abrazar, y despertarme sintiendo que me falta algo – o todo – y sobretodo que hace mucho frío)