Toda mi vida me caractericé por ser una persona desordenada. Acumulaba pilones de cosas sin ningún criterio más que el temporal – tiempo desde que fue usado por última vez – y sin ningún motivo real. Se asombrarían de las cantidades de folletos, entradas, revistas y pasajes que acumulé durante años.
Cuando me mudé, apareció en mí un instinto totalmente opuesto, casi como respetando la tercer ley de Newton: empecé a ordenar cuasi compulsivamente. Ya había notado en mí una fuerte tendencia a mantener las cosas ordenadas mediante catálogos, pero con el tiempo se volvió más extremo. Empecé a tirar cosas que antes nunca hubiera tirado, a rechazar el apego emocional a las cosas materiales y a apreciar los espacios limpios y ordenados. Ordenar se volvió una necesidad imperiosa de mi cuerpo, un mecanismo para sentirme mejor conmigo misma, para compensar el desastre en otras áreas.
Y entonces todo cambió. Volvió mi desorden personal, pero ahora batalla con la necesidad ya-no-tan compulsiva de ordenar. Y en eso estamos.