No creo en la suerte. Creo que es algo que la gente (esa que tiene la necesidad desesperada de creer que existe algo más) inventa para relacionar de forma causal a una persona con las cosas que pasan. No creo en el karma, ni en la energía cósmica, ni en el destino, ni en “era lo que tenía que pasar”. Si creyera en Dios, me enconmendaría a él. Como no creo, tomo la completa responsabilidad por mi futuro y lo que pueda pasarme. Entiendo, con el pleno uso de mis facultades, que mis decisiones – las cuales tomé con total libertad y haciendo ejercicio de mi voluntad – tienen sus consecuencias y que yo soy la única persona responsable por ellas. Y créanme, nada me asusta tanto como esa simple idea de que todo lo que pueda pasar es simplemente mi culpa. (Ya que estamos, la culpa no inherentemente mala, sobretodo cuando se trata de responsabilidad). Tomar un decisión se convierte en un hecho sumamente complejo en el momento en que uno se vuelve consciente de los efectos de la misma. Ver las consecuencias de manera tan nítida nos provoca pánico, nos inmoviliza y nos hace balbucear un “No sé”. No sé también es una decisión.
Y acá estoy, sentada en la que probablemente sea la noche más difícil de mi vida, esperando a que lleguen mis consecuencias.