A mí no se me da casi nunca por hacer balances, pero mañana es mi cumpleaños y este año fue tan duro emocionalmente que me puse a hacer un odioso repaso mental. Veinticuatro: significa que el año que viene van a ser 25, un cuarto de siglo, y ya de solo decirlo siento que me estoy poniendo vieja.

En estos últimos 364 días decidí desafiar mis límites y salir de mi zona de comfort. Y la pasé mal, muy mal. Sufrí, pero soy demasiado terca como para rendirme. Si los trabajos fueran relaciones, podría decir que me partieron el corazón dos veces cuando intentaba escaparme de una relación abusiva. Me dejé estar y me dejé llevar, en general para mal. Decidí no dejar que me ganaran las circunstancias, que yo podía ser más fuerte. Pero no sé si lo fui. Luché contra mi corazón que pugnaba por ser feliz, por seguir una pasión. Dejé que me enjaularan la energía y me apagaran la motivación.

Los veintitrés años fueron, sobretodo, de autoconocimiento: de conocer mis límites, mis motivaciones, mis pasiones. No todo fue malo: decidí ir detrás de uno de mis sueños y me salió bien. Aprendí a separar, a disciplinarme y a controlar los impulsos. Bueno, eso último no me salió tan bien. Dejé de postergar y empecé a cumplir con lo que quería.

Y por eso, este cumpleaños me espera mejor de lo que creía: con un nuevo destino laboral, con un nuevo desafío, con nuevas alegrías y un futuro que, desde acá, se ve muy, muy brillante.