Siempre fui una persona de opiniones extremas: amo u odio, pero casi nada me resulta indiferente. Las cosas "son geniales y no entiendo como el resto no lo ve" o "son horribles y deberían morir". Una de las cosas más importantes que aprendí en el último año es la tolerancia. Algo que queremos que los alumnos entiendan cuando les explicamos qué es la motivación y cómo debe utilizarse al dirigir un equipo es que a todos nos mueven cosas distintas, y que eso tiene que ver con nuestro background y nuestro valores. Curiosamente, enseñándolo lo aprendí.

Hace unos meses leí "Ender's game" de Orson Scott Card y me encontré con una frase maravillosa, en la que Ender explica su genio táctico:

In the moment when I truly understand my enemy, understand him well enough to defeat him, then in that very moment I also love him. I think it's impossible to really understand somebody, what they want, what they believe, and not love them the way they love themselves. And then, in that very moment when I love them, I destroy them.

Y creo que ahí está la clave: es imposible entender en serio a una persona, sus motivaciones, lo que creen y lo que aman y odiarlos. Es imposible odiar lo que se entiende hasta los huesos.

En el último año me vi expuesta a un montón de situaciones que me hicieron cuestionarme lo que está bien y lo que está mal. Y me convertí un poco en relativista: excepto algunos casos extremos, no hay cosas que estén inheremente bien o mal. Nada es tan bueno ni tan malo, y que otras personas no tengan las mismas ideas que yo sobre las cosas no hace que lo que opinen esté mal. Ya no intento ganar discusiones y hacer entender a la otra persona, si no que intento entender a la otra persona. Dirán que me volví tibia, pero yo prefiero verlo como un tipo de crecimiento personal.